En el Salón Oval, donde la historia suele
escribirse con pluma elegante y titulares grandilocuentes, Gustavo Petro y
Donald Trump posaron juntos demostrando que la diplomacia internacional también
puede parecer una reunión entre dos universos paralelos que, por accidente,
coincidieron en el mismo calendario.
La agenda prometía
temas ligeros y relajantes, como el narcotráfico, los grupos armados, el
tablero geopolítico regional y, por supuesto, la ambiciosa idea de resolver el
asunto venezolano como quien intenta arreglar un televisor golpeándolo
suavemente por un costado. Entre sonrisas perfectamente calibradas para la
prensa, uno hablaba de transformaciones sociales estructurales mientras el otro
probablemente pensaba en cómo convertir la reunión en un eslogan que cupiera en
una gorra.
Los asesores,
discretamente apostados en los bordes del salón, hacían el noble esfuerzo de
traducir no solo idiomas, sino estilos, conceptos y, posiblemente, realidades
alternativas. En algún momento, ambos coincidieron en que la cooperación
internacional es fundamental, lo cual en política suele significar que nadie
sabe exactamente cómo hacerlo, pero suena muy bien decirlo.
La conversación
sobre la posible captura de ciertos personajes internacionales flotó en el
ambiente como esas promesas electorales que viajan en primera clase, pero
aterrizan en paracaídas sin instrucciones. Sin embargo, el ambiente se mantuvo
cordial, porque nada une más a los líderes mundiales que la certeza de que,
pase lo que pase, la foto oficial siempre será lo primero en aprobarse.
Al final, entre apretones de mano, risas diplomáticas y la solemne supervisión de los retratos históricos del salón, ambos mandatarios demostraron que la política internacional es, en el fondo, una mezcla fascinante entre ajedrez estratégico, teatro cuidadosamente ensayado y, ocasionalmente, comedia involuntaria.