LOS TRES REYES 

En tiempos remotos —aunque no tanto como para haber sido olvidados—, tres insignes sabiondos de probada conveniencia intelectual, Malchor, Caspar y Bandalar, afirmaron haber identificado una estrella excepcional en el siempre oportuno firmamento de Locombia. Según su docta interpretación, el astro no solo brillaba más de la cuenta, sino que anunciaba el nacimiento de un nuevo, definitivo y convenientemente eterno mandamás del mundo. Tal revelación celeste bastó para que emprendieran, sin mayor dilación ni cuestionamiento, una expedición revestida de misticismo y calculada expectativa.

Guiados fielmente por la estrella —cuyo criterio jamás fue puesto en duda— arribaron a Bobotá, donde dieron con el niño Poder, modestamente custodiado por una pareja del pueblo, gente sencilla y, por ello mismo, perfectamente prescindible en los anales oficiales. Conmovidos hasta el oportunismo, los sabiondos procedieron a asegurar para sí los regalos que parientes y amigos habían depositado junto al recién nacido, convencidos de que nada honraba más a un acontecimiento histórico que una temprana redistribución de bienes.

Concluido el llamado Acto Histórico, los tres regresaron a sus dominios, satisfechos de haber obedecido a los cielos y, de paso, a sus propios intereses. Antes de separarse, llevaron a cabo el reparto del botín con escrupulosa equidad: a Caspar, apodado el Zurdo por razones nunca aclaradas, pero siempre sospechadas, le fue adjudicado el incienso; a Malchor, ya con un pie fuera del trono y otro en la posteridad, se le entregó la mirra para inhalaciones reflexivas; y al más astuto de los tres —casualmente depositario de los secretos ajenos— se le confió el oro, en reconocimiento a su silenciosa lealtad.